Últimamente he estado leyendo sobre cultura china antes del viaje y me encontré con una palabra que no conocía: Guanxi.
El concepto tiene que ver con las relaciones, pero no exactamente con
“tener contactos”. Tiene que ver con construir una red basada en la confianza,
la reciprocidad y el vínculo a largo plazo. Entendedor el concepto me hizo ver que
muchas relaciones de negocios, antes de firmar un contrato, primero se
construye la confianza. Se conversa, se comparte una comida, se conoce a la
persona, se observa cómo se comporta,
qué valores tiene, cómo trata a los demás. El contrato llega después.
Me quedé pensando como en nuestras relaciones personales muchas veces
hacemos exactamente lo contrario.
Confiamos primero.
Y observamos después.
Yo he confiado muchas veces en las personas por lo que me dicen que son.
Por cómo se presentan.
Por lo que prometen.
Por lo que dicen sentir.
Por las cosas que tenemos en común.
Porque nos gusta la misma música, porque pensamos parecido sobre
política, porque tenemos conversaciones interesantes, porque nos reímos de las
mismas cosas, porque existe química, porque hay una conexión que parece
especial.
Y sí, todo eso importa.
Pero cada vez pienso más que eso no necesariamente nos dice quién es
una persona.
Podemos coincidir muchísimo con alguien y aun así no compartir los
mismos principios.
Podemos tener una conexión extraordinaria y estar frente a una persona
incapaz de cuidar aquello que le confiamos.
Podemos enamorarnos de la versión que alguien nos cuenta de sí mismo y
descubrir, mucho después, que esa versión no era exactamente la realidad…
Creo que una de las cosas más dolorosas de crecer es aprender que las
palabras de una persona y el carácter de una persona no son necesariamente lo
mismo.
Y quizá por eso ahora me interesa tanto esta idea del guanxi.
Porque me hace pensar en la confianza de otra manera.
La confianza no
debería ser solamente una sensación.
También debería ser
una conclusión.
No basta con preguntarme:
¿Me gusta esta persona?
También necesito preguntarme:
¿Quién es esta persona cuando nadie la está mirando?
¿Cómo trata a
quienes no necesita?
¿Qué hace cuando se
equivoca?
¿Cumple lo que
promete?
¿Cómo maneja el
conflicto?
¿Qué hace cuando tiene poder?
¿Es capaz de
reconocer que hizo daño?
¿Puede hacerse responsable de sus actos sin convertir siempre al otro en
culpable?
¿Sus valores
aparecen únicamente en sus discursos o también en sus decisiones?
¿Existe coherencia
entre lo que dice querer y la manera en que vive?
Y, sobre todo:
¿Es una persona a la que realmente puedo confiarle algo valioso de mi
vida?
Porque quizá ese sea el verdadero problema.
A veces confundimos compatibilidad con confiabilidad.
Y ahora entiendo (dolorosamente) que no son lo mismo.
Podemos ser muy compatibles con alguien que no sabe construir una
relación sana.
Podemos sentirnos profundamente atraídos por alguien que no tiene la
capacidad de sostener aquello que despierta en nosotros.
Podemos compartir valores políticos, gustos musicales, sentido del
humor, libros, viajes, sexo, conversaciones interminables y aun así no
compartir algo mucho más importante:
la manera de entender la responsabilidad que tenemos sobre el otro
cuando decidimos entrar en su vida.
He tenido que aprender algunas de estas cosas de la manera menos elegante: a través de las decepciones.
Y las decepciones tienen una forma bastante cruel de enseñarnos.
Te obligan a revisar no solamente quién era el otro, sino también por qué decidiste creerle.
Qué señales ignoraste.
Qué cosas quisiste creer.
Qué partes de ti estaban tan deseosas de que algo fuera cierto que dejaste de observar si realmente lo era.
Quizá madurar también consiste en eso.
En dejar de preguntar únicamente “¿me gusta?” y comenzar a preguntar “¿puedo confiar?”.
En entender que el carácter no se demuestra en las grandes declaraciones, sino en cientos de pequeñas decisiones repetidas en el tiempo.
Y entonces aprendí Guanxi, algo que pensé que ya sabía:
no entregues un contrato de confianza a alguien que apenas has conocido!!!
No porque haya que vivir desconfiando de todo el mundo.
Al contrario.
Quizá la confianza más bonita sea precisamente aquella que no necesita ser ciega.
Porque ya vio.
Ya observó.
2026 me esta enseñando a no confiar porque alguien me convenció de que era digno de confianza, sino porque el tiempo y sus actos me lo demostraron.
Y qué distinto se siente cuando una finalmente aprende a distinguir entre ambas cosas.



